jueves, 27 de septiembre de 2012

A vueltas con la reforma, el recorte y el cortoplacismo


Un sistema inviable, problemas de eficiencia, reformas estructurales... El sistema sanitario está malito, pero lleva así desde hace décadas. Esas alarmantes frases han sido dichas y repetidas este año, hace diez, veinte e incluso treinta años, casi con las mismas palabras. Y es que tras la puesta en marcha de la atención primaria (1984), la Ley General de Sanidad (1986), algunos retazos de cambio en la política farmacéutica y los intentos de regular de forma muy genérica algunos aspectos del sistema (2003: cohesión y calidad, ordenación de las profesiones sanitarias), poco más ha habido en un país más centrado en sacar pecho que en otra cosa. Si hasta el Informe Abril fue arrinconado por miedo a unas ideas tan radicales en algún caso...

El fin del Insalud (2001) y las transferencias sanitarias a las comunidades autónomas más lentas sólo marcó el inicio de una carrera poco útil, nada basada en la eficiencia y centrada principalmente en colgarse medallas para ser los primeros en sanidad, no en salud. Abrir hospitales, ampliar servicios, inundar las ciudades de alta tecnología, construir más hospitales, etc. Fue una política sanitaria basada en las elecciones y poco centrada en el largo plazo, quizás el pacto por la sanidad hubiera sido el hito que todo lo hubiera cambiado. Parecía como si los políticos (y por supuesto los medios y los ciudadanos) no se dieran cuenta de que más sanidad no equivale a más salud, pero si educas a la sociedad en un entorno ultratecnológico y hospitalario, es lógico asociar la tecnología y los hospitales más especializados con una mejor salud.

La asfixia del sistema empezó a ser más evidente y llegó el momento de recopilar los estudios e informes del pasado y de elaborar nuevas propuestas de cambio, que se quedaron en poco: notas de prensa, presentaciones y, lo que es peor, en el olvido. Muchas coincidían en fondo e incluso en forma, pero faltaba un revulsivo, que algo prendiera la mecha de la reforma, y ocurrió la peor opción de todas: la crisis. Además, el papel de los colegios profesionales y los sindicatos siguió siendo secundario, centrados en negociaciones más volcadas en el profesional que en el paciente y asentadas en el incremento del gasto.

En momentos de crisis, la prioridad es la reforma cortoplacista, de ahorro inmediato, de recorte de costes y de freno a la mítica y mayoliana "enfermedad de los costes". Algunas medidas afortunadamente si estaban incluidas en todas las hojas de ruta: cambios en la política farmacéutica (aunque el acierto no haya sido pleno), revisión de la cartera de servicios (con mala prensa pero necesaria), mejora de la implicación del paciente (atención a la cronicidad, autocuidados) y uso de las TIC (historia digital, receta electrónica). Pero las prisas no han sido buenas consejeras, y muchas de estas medidas han sido diseñadas con poco sentido, poca "ciencia" en algún caso y sin el apoyo (inicial ni final) de los profesionales.

Para rematar al sistema, el afán de reducción de gasto se ha dirigido a los trabajadores, con una creciente desmotivación provocada por recortes salariales y un control férreo de las sustituciones. Esto unido a los ceses provocados por ciertas reestructuraciones de servicios, unidades y centros (algunos eran necesarios desde años antes, pero en épocas de vacas gordas se prefiere seguir igual que provocar malestar), acabó generando un ambiente casi hostil, con amenazas continuas de huelga, protestas, etc.

¿Es el momento de reformar el sistema sanitario de verdad? Si seguimos uno de los estudios más recientes (y fiables), publicado en 2011 en Gaceta Sanitaria, que incluye una serie de medidas de mejora de la eficiencia del sistema sanitaria, nos encontramos con un problema: la variable tiempo. Pocas medidas eran inmediatas y muchas eran a medio plazo y además contando con la colaboración del profesional, algo que no se ha tenido mucho en cuenta en estos últimos años (vale, puede que antes tampoco, quizás el filtro colegial tenga algo de culpa). Así pues, nos encontramos con medidas que producen mejoras de eficiencia a medio plazo y a largo plazo. Eso sí, algunas tendrían mala prensa pese a que su evidencia, como "Racionalizar los dispositivos asistenciales abiertos las 24 horas", "Definir la cartera de servicios basada en la evidencia" o "Cerrar servicios hospitalarios".

Finalmente, las medidas adoptadas en nuestra realidad más reciente, poco tienen de reforma seria. Y más si le añadimos la reciente desuniversalización del sistema sanitario, mal elaborada y acallada por las propias acciones de los servicios de salud. Lógicamente, si el objetivo prioritario del sistema sanitario es gastar menos de hoy para mañana, poco bueno podemos esperar. Aunque algo si se ha conseguido: la reducción de numerosos gastos superfluos (que han caido por su propio peso) y la generación de un clima de ahorro entre muchos profesionales. 

Con esta perspectiva: ¿nos lanzamos a una reforma del sistema de verdad? ¿Con cambios en el sistema retributivo y en de recursos humanos? ¿Adaptamos realmente las organizaciones y los procesos a las necesidades de la población? ¿Ponemos el énfasis adecuado en las actividades encaminadas a la prevención y promoción? ¿Establecemos un sistema riguroso de evaluación de medicamentos, técnicas, etc? ¿Reducimos el peso político y electoralista en la gestión sanitaria? Una pena, que todo esto genere poco ahorro a corto plazo, así es más difícil venderlo en un entorno mediático poco amigo de los cambios, pero por intentarlo que no quede.


1 comentario:

  1. ¿Porqué no hay como gerentes de hospital un economista, y no un médico movido de sitio en función del partido que gobierna? A ver que me puedes responder. Si hay un economista al frente, destinará dinero a proyectos viables, no a ganar amigos cueste lo que cueste.

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