lunes, 13 de enero de 2014

Controlar la obesidad con los impuestos: ¿funciona?


Para los que venimos del mundo de la economía, encontrar temas que unan el comportamiento del consumidor, la fiscalidad y la salud pública, es como si nos tocara el Gordo de la lotería. Un  tema que cumple con esas características, y que ya hemos analizado en el blog, es precisamente el de la prevención de la obesidad a través de los impuestos a las bebidas azucaradas o alimentos ricos en grasas.

En el último número de Gaceta Sanitaria, los editores nos regalan un debate sobre los impuestos y la obesidad (con dos puntos de vista) y una carta a la directora que revisa brevemente algunos de los estudios publicados al respecto.

El primer punto de vista del debate lo firma Joan Quiles, autor del blog "A tu salud" y responsable de la unidad de educación para la salud de la Conselleria de Sanitat de la Generalitat Valenciana. Joan compara el efecto del impuesto en el consumo de bebidas azucaradas con el del tabaco, dado que en este caso se ha observado una reducción importante del consumo y existe un gran paralelismo. Existen otras opcionespara reducir el consumo de bebidas (limitar el acceso y educación para el cambio de hábitos), pero la que puede llevarse a cabo de forma generalizada y bajo mandato legal, es la del incremento de precio vía impuesto.

La relación entre la subida del precio y el consumo de un bien es algo contrastado, aunque hay mucha variación según el tipo de producto. De hecho, en el caso de los alimentos, su efecto suele ser mayor en grupos poblacionales de renta baja. Además, Joan destaca algo que ya vimos en el post que escribimos para analizar la experiencia danesa con este tipo de impuestos: es imprescindible incentivar el consumo de otros alimentos más sanos, como la fruta y las verduras.

Para conocer como puede afectar el citado impuesto, se cita (entre otros) un interesante artículo basado en datos estadounidenses, que se publicó en 2012 en Health Economics.

El segundo punto de vista lo firman Ana María López y Rosa María Ortega, de la Universidad Complutense de Madrid. El exceso de peso tiene un doble origen, bien el seguimiento de una dieta desequilibrada o bien por un estilo de vida sedentario. Si se pone más énfasis en un aspecto alimenticio (como las bebidas azucaradas o las grasas), se está culpando sólo a uno de los dos causantes.

Coinciden con Joan Quiles en que la medida afecta principalmente a las clases menos favorecidas, aunque el hecho de reducir el consumo de bebidas azucaradas no implica que se vaya a desplazar el consumo a otros alimentos más saludables (hay ejemplos de desplazamientos poco saludables a bebidas con más calorías o incluso a alcohol) o que se cambien los hábitos. De hecho, el componente educativo de este tipo de medidas es muy relativo, y es muy difícil promover otros hábitos y mantenerlos en el tiempo sólo con una subida de precio.

Se cita un interesante experimento que combina el descenso de precios en alimentos saludables y el aumento en otros no saludables, y sólo se observa una variación significativa en las compras de los saludables (con la bajada de precio). ¿Y qué medidas alternativas se proponen? Más educación, promoción de consumo de frutas y verduras y promoción de estilos de vida más saludables (ejercicio, por ejemplo), y todo ello mediante campañas que cuenten con la colaboración de la industria alimentaria para evitar problemas y paliar los posibles rechazos a estas campañas.

La carta a la directora sobre este tema la firma David Rojas, del Centre de Recerca de Epidemiología Ambiental (Barcelona). David realiza un breve análisis de la evidencia respecto al impacto de un impuesto sobre bebidas, aunque no es concluyente ya que hay resultados contradictorios. 



Y tras estas referencias de Gaceta Sanitaria, ¿seguimos con los brazos cruzados? Sin duda, hay que hacer algo, pero las cosas no están muy claras. Las medidas educativas y las actividades de promoción de la salud para el cambio de hábitos tienen que competir con la publicidad y el marketing, y hoy por hoy es más fácil "vender" una hamburguesa que un brócoli. Respecto al impuesto, dada la experiencia internacional y tras la retirada del impuesto en Dinamarca, es necesario diseñar el instrumento tributario teniendo en cuenta el consumo de otros bienes, el subsidio a alimentos saludables y la repercusión en la industria alimentaria (con argumentos en contra basados en la destrucción de empleo, como ya ha ocurrido). 

Quizás sea mejor empezar por una reforma de la legislación alimentaria y un programa de información dirigido al ciudadano, basado en experiencias de éxito (nuevas etiquetas, campañas de promoción con tiendas, bares y restaurantes, etc). ¿Y el impuesto? Si no va acompañado de otras medidas, mejor no seguir esa línea...